Desde su regreso a la Casa Blanca en enero, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha mantenido un tono cambiante hacia su homólogo ruso, Vladimir Putin, combinando expresiones de admiración con duras críticas por la prolongación de la guerra en Ucrania.
En sus primeras semanas de mandato, Trump consideró que “Putin está destruyendo a Rusia” al no llegar a un acuerdo de paz, aunque recordó que siempre se ha llevado “muy bien” con él. Incluso instó públicamente a Moscú a detener el conflicto, calificando su propuesta como un “favor muy grande” para el Kremlin.
Los elogios fueron mutuos. El 24 de enero, Putin lo describió como “una persona inteligente y pragmática”, algo que Trump celebró. Sin embargo, la cordialidad comenzó a resquebrajarse a finales de marzo, cuando el mandatario estadounidense mostró frustración por lo que consideró la falta de voluntad rusa para terminar la guerra.
En abril y mayo, tras nuevos bombardeos sobre Ucrania, Trump elevó el tono: “Vladimir, ¡DETENTE!”, advirtió, sugiriendo la aplicación de “medidas bancarias” y “sanciones secundarias” si Rusia no cesaba los ataques. En junio se declaró “decepcionado” y en julio “muy descontento” con Moscú, acusando a Putin de “seguir matando gente” y de “jugar con fuego”.
A pesar de este deterioro en la retórica, Trump calificó como “muy importante” la reunión que mantendrá con Putin este viernes en Alaska, en lo que podría ser un intento de retomar el diálogo para poner fin a la guerra.
