En tiempos de incertidumbre, la política debería ser un espacio para la reflexión, la preparación y el liderazgo responsable. Sin embargo, cada vez es más común ver cómo este noble oficio es usurpado por individuos sin formación, sin brújula ética y con una alarmante inestabilidad emocional. Imbéciles, acomplejados y claramente bipolares —en el sentido coloquial del término, no médico— se lanzan a la arena política con la única intención de figurar, de recibir aplausos vacíos, y de satisfacer su ego desbordado sin ofrecer nada a cambio a la sociedad que dicen representar.
No es exageración ni desahogo visceral. Basta con observar cómo estos “líderes” improvisados convierten cualquier debate en un espectáculo, todo en busca de atención. No tienen proyecto, no tienen ideología, no tienen equipo serio. Solo tienen cámaras, redes sociales y una necesidad desesperada de ser vistos. Su estilo político no es la convicción, sino el conflicto. No construyen, sino que abren frentes inútiles por todas partes, como si la política fuera un reality show donde el que más grita es el que gana.
Esta tendencia no es solo irritante; es peligrosa. Porque mientras estos payasos con ínfulas de estadistas se divierten en su teatro de egos, los problemas reales siguen ahí: la desigualdad, la educación, la seguridad, la salud, el empleo. Nada de eso les importa. Su prioridad no es el pueblo, es el post viral. No quieren servir, quieren ser trending topic.
Detrás de esa fachada de “rebeldía” o “autenticidad” suele esconderse un complejo de inferioridad que busca validación externa a cualquier precio. Muchos de estos personajes usan la política como terapia, como escenario para librar sus traumas personales. Y el país entero paga las consecuencias.
La repulsa creciente de las masas no es casualidad. La gente ya se dio cuenta. Se hartaron de los que insultan en vez de proponer, de los que cambian de discurso según sopla el viento, de los que se visten de “outsiders” solo para terminar reproduciendo lo peor del sistema que dicen combatir. No se puede abrir tantos frentes sin quemarse. No se puede insultar la inteligencia colectiva indefinidamente sin recibir el rechazo como respuesta.
Urge rescatar la política del ruido, del narcisismo y de la improvisación. La ciudadanía merece líderes serios, formados, empáticos y capaces de pensar más allá del próximo tuit. Lo otro, el show del figureo vacío, ya aburre. Y lo que aburre, muere.
Porque los pueblos, aunque pacientes, también saben decir basta. Aunque hoy el presidente Luis Abinader se sirve con la cuchara grande fruto de la cantidad de seudos líderes con BOÑIGA EN SU CABEZA QUE LE FACILITAN EL TRABAJO
