Cada año, entre los meses de junio y diciembre, la República Dominicana enfrenta uno de los períodos más retadores del Caribe: la temporada ciclónica. En este lapso, huracanes, tormentas y depresiones tropicales ponen a prueba la capacidad del país, su infraestructura y la fe inquebrantable de su gente.
Cuando se emiten alertas meteorológicas, el corazón del pueblo dominicano late con fuerza. La experiencia ha enseñado que los ciclones no avisan con compasión, y que la lluvia puede ser al mismo tiempo una bendición y una amenaza.
En cada oración y en cada vela encendida se eleva una súplica común: que el país sea protegido, que los campos no se inunden y que los hogares permanezcan en pie.
Más allá de las estadísticas y los reportes técnicos del Centro Nacional de Huracanes, esta etapa del año mide algo más profundo: la fortaleza de un pueblo que se rehúsa a rendirse y la capacidad de respuesta de su gobierno ante la emergencia.
En ese contexto, los dominicanos miran al cielo con esperanza y al Estado con expectativa, confiando en que el presidente Luis Abinader y las autoridades actúen con decisión en favor de los afectados por las inundaciones y los daños que dejan estos fenómenos.
Entre nubes oscuras y fe encendida, la nación se levanta una y otra vez con una sola promesa: resistir, reconstruir y seguir adelante.
