La historia política reciente del Perú volvió a sacudirse con fuerza. El Congreso destituyó anoche a la presidenta Dina Boluarte, quien pasó de ser una figura desconocida en 2022 a convertirse en la mandataria más impopular de América Latina, tras casi tres años marcados por la represión, el escándalo y la desconfianza ciudadana.
Con una abrumadora mayoría parlamentaria, los congresistas aprobaron la vacancia presidencial por “incapacidad moral permanente”, argumentando el fracaso del Gobierno en frenar el crimen organizado y los continuos señalamientos por corrupción y abuso de poder.
Boluarte, de 63 años, había llegado al poder tras la destitución de Pedro Castillo por intentar disolver el Congreso. Sin partido político, sin bancada y sostenida por una frágil alianza con sectores conservadores —entre ellos el fujimorismo de Keiko Fujimori—, su mandato fue una sucesión de crisis políticas, protestas sangrientas y denuncias judiciales.
UN ATAQUE QUE ENCENDIÓ LA MECHA
La gota que colmó la paciencia nacional fue el ataque armado al grupo musical Agua Marina durante un concierto en Lima, que dejó cinco heridos. La indignación ciudadana ante la falta de acción del Ejecutivo para frenar la ola de violencia se viralizó en redes y provocó una tormenta política que terminó por arrastrar a Boluarte.
INVESTIGACIONES, ESCÁNDALOS Y CIRUGÍAS SECRETAS
Durante su mandato, la Fiscalía abrió múltiples expedientes por homicidio, genocidio y lesiones graves, derivados de la represión a las protestas de 2022-2023, en las que murieron más de 50 personas. También enfrenta acusaciones de enriquecimiento ilícito en el escándalo conocido como Rolexgate, tras lucir relojes y joyas de lujo sin declarar.
Otros casos la vinculan a una cirugía estética secreta que habría ocultado al Congreso y a supuestas reuniones con la entonces fiscal general Patricia Benavides, acusada de encabezar una red de corrupción en el Ministerio Público.
EL FIN DE UNA ERA DE IMPUNIDAD
Con solo 3% de aprobación popular, Dina Boluarte se marcha del poder convertida en símbolo de la desconexión entre el Gobierno y el pueblo peruano. Su salida suma un nuevo capítulo a la inestabilidad política que vive el país desde 2018, cuando cayeron también Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra y Pedro Castillo.
El Perú amanece una vez más sin presidente, entre la incertidumbre, la indignación y la esperanza de que, tras años de escándalos, el país pueda encontrar una ruta real hacia la gobernabilidad y la justicia social.
