Una huelga histórica ha sumido en el caos a la capital británica desde este lunes, dejando a millones de pasajeros atrapados y obligando a miles de trabajadores a caminar kilómetros para llegar a sus empleos. La protesta, convocada por el poderoso sindicato RMT, se extenderá hasta el jueves y amenaza con colapsar completamente el transporte público en la ciudad.
La paralización afecta casi todas las líneas del metro, un sistema que transporta a más de 3,7 millones de personas al día. Los empleados exigen mejores salarios, condiciones laborales dignas y una reducción de la jornada a 32 horas semanales.
El sindicato RMT acusa a la empresa Transport for London (TfL) de “intransigencia” y sostiene que la reducción de horas es viable, recordando que la operadora tuvo un superávit de 166 millones de libras el año pasado. TfL, por su parte, asegura que no puede asumir esa carga financiera y ofreció únicamente un incremento salarial del 3,4%, lo que encendió aún más la disputa.
“Esta huelga sigue adelante por la negativa de la dirección de TfL a escuchar nuestras demandas”, declaró un portavoz de RMT.
Mientras tanto, las calles londinenses colapsaron. Las aglomeraciones en autobuses y carreteras son masivas, las empresas han optado por mandar a sus empleados a trabajar desde casa y se han cancelado eventos importantes, incluyendo dos conciertos del cantante Post Malone, que serían realizados en el Tottenham Hotspur Stadium.
Los testimonios de los afectados reflejan la magnitud del impacto. Lauren, de 53 años, contó que debió caminar varios kilómetros: “Es una verdadera molestia. Deberían volver a trabajar”. Amita, trabajadora del sector público, relató que debió recorrer 45 minutos a pie para llegar a su oficina: “Todos tenemos un trabajo que hacer y recibimos aumentos mínimos”.
Incluso los estudiantes se ven gravemente afectados. Aida, de 17 años, lamentó que la huelga le hizo llegar tarde en su primer día de universidad: “Si pierdo una clase, me expulsan del curso”, dijo con frustración.
Esta es la primera gran huelga que enfrenta el primer ministro Keir Starmer desde que asumió en julio pasado, y analistas advierten que podría convertirse en una prueba de fuego para su gobierno. Con las negociaciones estancadas y la ciudad sumida en el caos, Londres enfrenta uno de sus peores colapsos de transporte en más de un año.
