Por: Jaime Rincón
Existe un consenso social cada vez más amplio e irrefutable: la Policía Nacional, bajo la dirección del mayor general Ramón Antonio Guzmán Peralta, ha sido —con diferencia— la más atropellante, arbitraria, negligente y deshumanizada de la última década. No solo se trata de una institución dispuesta a ejercer la violencia física y luego “dejar eso así”, sino que también ha evolucionado hacia una peligrosa maquinaria de asesinato moral, destinada a destruir la dignidad y la honra de sus propias víctimas, tantas veces como sea necesario.
La ineptitud ya no es el límite. Esta policía ha optado por convertirse también en un aparato de sicariato moral, especializado en desmoralizar al ciudadano, en lugar de protegerlo.
El caso del periodista Edward Ramírez es hoy blanco de los sicarios mediáticos del oficialismo porque revela, de forma desnuda, tres verdades institucionalmente incómodas:
1. La tan anunciada interconexión entre destacamentos policiales no existe.
2. La reforma policial vive solo en los titulares, no en la realidad cotidiana del país.
3. El fideicomiso policial, vendido como solución estructural, no ha dado resultados funcionales ni tangibles.
