Tres de las naciones occidentales más poderosas del mundo han sumado su peso económico y geopolítico a los llamados a favor de un Estado palestino, una idea que ya cuenta con el respaldo de más de 140 países.
Las motivaciones detrás de estos movimientos son diversas: desde la frustración con Israel, hasta presiones internas y la indignación ante las imágenes de palestinos hambrientos. Cualquiera sea la razón, los palestinos han recibido los anuncios como un impulso a su causa. Por su parte, el gobierno israelí ha rechazado estas iniciativas, calificándolas como una recompensa al terrorismo.
Mientras tanto, el presidente estadounidense Donald Trump parece cada vez más frustrado con el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, particularmente por el hambre en Gaza, que el líder israelí niega, pero que ha perturbado a Trump.
Trump desea la paz regional, así como los reconocimientos que conlleva lograrla, en especial el Premio Nobel de la Paz. Quiere que Arabia Saudita normalice relaciones con Israel, ampliando los Acuerdos de Abraham que promovió durante su primer mandato entre Israel y varios países árabes. Pero Riad ha sido firme: no habrá normalización sin un camino irreversible hacia un Estado palestino.
Sin embargo, los últimos movimientos de sus aliados —Francia, Reino Unido y Canadá—, aunque en gran medida simbólicos, han dejado a Washington cada vez más aislado en su respaldo a Israel.
El reconocimiento de un Estado palestino podría ayudar a poner fin a una guerra que ha dejado más de 60,000 palestinos muertos en Gaza desde el brutal ataque de Hamás el 7 de octubre, que causó la muerte de unas 1,200 personas en Israel hace casi dos años, así como facilitar la liberación de los rehenes que aún permanecen en Gaza.
Pero uno de los mayores retos es imaginar cómo sería un Estado palestino moderno, ya que nunca ha existido como tal.
Cuando se fundó Israel tras la Segunda Guerra Mundial, rápidamente obtuvo reconocimiento internacional. Ese mismo período es recordado por los palestinos como al-Naqba, o “la catástrofe”: el momento en que cientos de miles de personas huyeron o fueron expulsadas de sus hogares.
Desde entonces, Israel se ha expandido, sobre todo durante la “Guerra de los Seis Días” en 1967, cuando derrotó a una coalición de estados árabes y se hizo con Jerusalén Este, Cisjordania y Gaza. Mientras tanto, el territorio palestino solo se ha reducido y fragmentado.
La visión más cercana a lo que podría ser un Estado palestino se esbozó en el proceso de paz de los años 90, conocido como los Acuerdos de Oslo.
A grandes rasgos, el Estado palestino contemplado en Oslo —acordado por negociadores israelíes y palestinos— se basaría en las fronteras de 1967. El esquema incluía intercambios de tierra: ceder una zona aquí a cambio de la retirada de un asentamiento israelí, en un proceso negociado.
El histórico apretón de manos en el jardín de la Casa Blanca entre el entonces primer ministro israelí Yitzhak Rabin y el líder palestino Yasser Arafat, auspiciado por el presidente estadounidense Bill Clinton, sigue siendo uno de los hitos de la diplomacia moderna. El asesinato de Rabin por un extremista de derecha en 1995 privó a Israel de su líder pacificador.
Aunque el marco de Oslo continuó en negociaciones y círculos académicos, hoy hay poca iniciativa. Lo que se ofrecía entonces ya no es realista. En los últimos años, los asentamientos israelíes en Cisjordania ocupada se han expandido masivamente, a menudo con apoyo gubernamental, lo que amenaza las posibilidades de un Estado palestino contiguo.
Además, está la cuestión de quién gobernaría ese futuro Estado. La Autoridad Palestina, que administra partes de Cisjordania, es vista por muchos palestinos como débil o corrupta.
Y aunque todo esto ya es complejo, Netanyahu no acepta la idea de un Estado palestino, al que recientemente calificó como “una plataforma para aniquilar a Israel”. Algunos miembros de su gabinete son aún más radicales: no solo rechazan un Estado independiente, sino que buscan anexar el territorio.
Estos ministros, que sostienen el gobierno de Netanyahu, han dicho abiertamente que preferirían ver morir de hambre a los palestinos en Gaza antes que alimentarlos, y que harían colapsar la coalición si Netanyahu siquiera sugiere ceder ante la creciente presión internacional.
Netanyahu no muestra intención de retroceder y llevará cualquier imposición de Francia, el Reino Unido u otros como una insignia de honor.
Sin un socio en el gobierno israelí, el reconocimiento de un Estado palestino puede quedarse en nada, o incluso reforzar a Netanyahu. Sería un precio alto si el resultado es que Israel haga más distante la posibilidad de ese Estado.
Pero al mismo tiempo, con un número creciente de exsocios internacionales indignados, que probablemente presionen a Trump para que cambie su postura, es Israel quien podría terminar en desventaja, por más que proteste enérgicamente.
